Ahíto y Renacido de la Ablepsia

Autor: Sebastián Narváez

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal web.

Durante el gobierno de un cándido, Juan Manuel Santos Calderón, di un espaldarazo rotundo al proceso de paz que se llevaba acabo en Colombia. Y digo cándido porque no tengo argumentos idóneos para tildarlo de felón, ni a él ni a personas como Humberto de La Calle, Luis Carlos Villegas, Sergio Jaramillo, Rafael Pardo, Frank Pearl entre otras majestades. Así que escojo siempre partir del hecho que ellos, al igual que el jefe de estado de turno y los colombianos de bien, fuimos embaucados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Foto de: Fernando Vergara

En aquellos tiempos decidí alejarme de las corrientes conservadoras y aspirar a creer que esta vez no nos meterían “gato por liebre” a los colombianos. El día de la votación del plebiscito voté por el SI, y en meses anteriores ya me había enemistado con mis padres, amigos, y hasta mis vecinos; aunque, había resuelto toda discrepancia con mis antiguos contradictores, todo por un SÍ a la paz. Sin embargo, ese mismo día en el que el gobierno de turno no reconoció la irrebatible victoria democrática de quienes votaron por el NO, renací de la ablepsia que me había agobiado durante los años anteriores de mi vida. Recordé con gran nostalgia por qué siempre había apoyado las corrientes más conservadoras, y ahora solo navegaba en la triste compunción de quien ha traicionado a su patria.

De mi misma ablepsia supuestamente sufre Seuxis Pausias Hernández Solarte alias “Jesús Santrich”, que de Jesús solo tiene el alias, porque dudo que personas como este narcotraficante, entre otras cosas, tengan a Jesús en su corazón. El invidente, quien fue cabeza y cuerpo del proceso de paz hoy no es más que un roedor prófugo de la justicia colombiana. En videos de inteligencia, que según las Fiscalía datan del segundo semestre del 2017, se le ve palmariamente negociando cocaína y reunido con Marlon Marín, Simón Younes y Armando Gómez España. A buena hora dimitió del cargo el ex fiscal Néstor Humberto Martínez, quien con infalibilidad anticipó la fuga de Seuxis. Aunque nunca se declaró culpable ante el sistema judicial, su huida a la selva es efectivamente la admisión de un condenado, un narcotraficante sin cura. Utilizó el proceso de paz, aun percatado de que era promotor del mismo, para continuar cimentando su patrimonio a costas de las drogas, y peor aun, de las supuestas ideologías marxistas-leninistas que tanto arenga. Aun más indignante, el inútil, defecó en el proceso de paz, en la institucionalidad, y en todos quienes votamos sin importar casta política.

Foto de: Felipe Caicedo

El pasado agosto de 2019 en un video desde las “selvas de Colombia”, aunque parecía más la Orinoquía venezolana; apátridas como Jesús Santrich, Iván Márquez, y “El Paisa” anunciaban su retorno al blasón de guerra, e irrevocable incumplimiento del acuerdo de paz. En el país de los indignados, todos se sorprendían por un revés desalentador, menos yo. Ya tenia innumerables consignas para anticiparlo. Robaron tiempo, dinero, traficaron con droga, no entregaron las armas, ni los niños. Si acaso devolvieron las tierras, porque ya son propietarios de muchas en países vecinos. Todo esto mientras con cara de corderos acrecentaban la esperanza de sosiego. Hoy el pueblo cavila en los delitos atroces cometidos y en las víctimas que con seguridad nunca serán reparadas, omitiendo la más grave ficha del rompecabezas, maquinada desde el primer día de este proceso: Las FARC como partido político con brazo armado y coercitivo. Desgarrador pero cierto, y tan importante de ver como la vida misma. Sin temor a marrar, hoy doy fe de que este proceso de paz no fue más que una coartada acolitada por las falacias que nos enajenaron para instituir a las FARC como partido político activo, y como ejército del partido mismo. Concurrir en el embuste de siquiera pensar que Rodrigo Londoño y alias “Iván Márquez” juegan en bandos opuestos, es como no aprender la lección y reiterar un SÍ al engaño. Al ser una víctima más de esta realidad, siento canguelo de solo pensar que ésta ha de ser la estrategia de facto para tomarse el poder político, social y persistir contaminando a las juventudes con ideologías desinfladas y sin valores.

Hasta el pasado 22 de noviembre de 2019, día en que estalló un camión bomba en Santander de Quilichao, Cauca, los buenos seguíamos poniendo a los caídos de un conflicto que nunca terminó. Se aprovecharon del paro nacional y la movilización de miembros del ejército a Cali para confirmar lo que sabemos, no hay paz. Y solo pensar que el exministro Guillermo Botero (Ministro de Defensa) salió de su cargo después de la indignación por bombardeos a campamentos con niños, pero que esa misma Colombia indignada no gritó ni repudió la muerte de tres miembros de las fuerzas armadas a manos de los macabros. Mi intelecto, aún tan precoz, no logra entender como millones en Colombia siguen dando crédito a la dichosa paz; o como la credibilidad de esta y de un proceso con en ELN (Ejercito de Liberación Nacional) son todavía una opción. No estoy dispuesto a reprobar en materias de paz, entendí que el único comodín de cara al futuro es utilizar la fuerza del estado con contundencia y en nombre del bien. No son las armas, es la institucionalidad de estas la que necesitamos para lograr la dichosa paz estable y duradera, no a medias. Una institucionalidad que solo garantiza el estado, y no partidos políticos con ejércitos asimétricos.

Consulado de Colombia en Newark, NJ

Hoy, completamente recuperado de mi propia argucia, anhelo no haber sido tan papanatas. Este proceso de paz es un proyecto insostenible, absurdo, careciente de institucionalidad. En años recientes REFICAR, Odebrecht, Samuel Moreno o las negligencias de Electricaribe han sido motivo de polémica y cólera para muchos. Todos desfalcos aberrantes, pero ninguno comparable con este. Con rigurosa objetividad, me atrevo a afirmar que el proceso de paz en Colombia es y será el fraude más grande que se le haya hecho a cualquier estado; y quedándome corto en mi apreciación, a cualquier continente; América Latina. Desabastecido de fuerza y argumentos para continuar apoyando la guerra en Colombia a través de la supuesta “Paz”, y en honra a el milagro que me ha curado de esta ablepsia política, exigiré por el resto de mi vida que estos forajidos, en el mejor de los escenarios, sean dados de baja por la patria misma y así redimir mi peor pecado, haber votado SÍ.

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