El gobierno de Iván Duque es tan solo un eufemismo

Autor: Simón Delgado Marulanda

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal web.

Desde el surgimiento de los sofistas, en la Antigua Grecia, se comenzó a entender el lenguaje como un arma formidable de persuasión y convencimiento. De forma que quien tuviera el don de la palabra y fuera consciente de que el discurso bien manejado es un eficaz instrumento de poder, estaría en la posibilidad de dominar a los demás.

La retórica sofista no demoró en hacer verdadero lo que es falso, y falso lo que es verdadero. Su discurso se fue perfeccionando para inducir actitudes de rechazo o apoyo hacia determinadas causas. En pocas palabras lo que hoy llamamos hacer política.

Generalmente los políticos desarrollan habilidades lingüísticas que les permiten, a través de su discurso, persuadir a su audiencia. Sin embargo, muchas veces el llamado “lenguaje políticamente correcto” es usado para disfrazar intenciones que pueden tener efectos adversos para la población. Los gobernantes tienden a utilizar un vocabulario ambiguo para confundir al ciudadano, todo ello con el objetivo de manipular la opinión pública y así lograr sus objetivos.

Tomado de: Eltiempo.com

¿O acaso usted se dejaría seducir por un lenguaje que corresponda a un pensamiento impreciso o confuso que termine por afectarlo?

Entendamos la labor de un político como un cortejo, donde cada frase que dice es un flechazo con el que intenta conquistarnos, usando un juego de comunicación en el que intenta convencer un gran número de personas, utilizando palabras apropiadas porque no convencerán con palabras bruscas. Intentará decorar sus términos para hacerlos lo más amable posible a nuestros oídos, pero detrás de las palabras, siempre habrá una idea y una acción a realizar.

Del objetivo de seducirnos surgen diversas figuras retóricas que se convierten en las perfectas aliadas de los políticos para embellecer su discurso y lograr su cometido. Una de ellas, y la más usada, es el eufemismo que de acuerdo con la RAE se define como: manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.

Ahora bien, cuando se analiza el funcionamiento del eufemismo en el discurso político las cosas cambian por la facilidad con que se usa como instrumento desinformativo al servicio del poder; en este sentido parece responder a menudo a la intención de manipular la realidad, colaborar en la perversión del lenguaje y confundir al receptor en provecho del emisor.

En la historia muchos han sido los gobiernos que han implementado los eufemismos en sus retóricas para que sus proyectos sean bien recibidos por la sociedad, la cual muchas veces acepta las decisiones engañados por el lenguaje. El caso más emblemático es, sin duda, el régimen Nazi.

El éxito del nacismo fue llenar su lenguaje de eufemismos como, por ejemplo,  los asesinatos que pasaron a ser “tratamientos especiales”, el exterminio del pueblo judío se denominó como “solución final al problema judío”, los campos de concentración fueron “campos de trabajo”, los escuadrones de la muerte “grupos de tareas, las víctimas “trapos o muñecos”. Este lenguaje generó una falsa conciencia como si por el simple hecho de no nombrar la cosa, ésta se convirtiera en otra sustancia. Otro ejemplo es Estados Unidos donde aprendieron que es más popular hablar de “alivio fiscal” que de “pagar impuestos”.

Tomado de: Daniellbrato.files.wordpress

¿Cómo funciona en Colombia?

El gobierno de Iván Duque nos ha dejado innumerables ejemplos de eufemismos, los cuales utiliza su gobierno para tergiversar los verdaderos planes de sus proyectos.

1. No hablamos de reforma tributaria sino de “ley de crecimiento económico”: en este caso se centró la atención de los ciudadanos en los beneficios de esta medida,  aunque en realidad acarrearía aumento de impuestos.

Bien lo precisó el economista Salomón Kalmanovitz, en El Espectador: “el nombre de la nueva Reforma Tributaria del Gobierno es un eufemismo. Con ella se considera que habrá mucho crecimiento, gracias a una creencia sin fundamento que informa que mientras menos impuestos tengan las empresas invertirán más y producirán más. Lo cierto es que es una política que beneficia a las empresas y castiga a la clase media y a los profesionales independientes, mientras les arroja migajas a los más pobres”.

2. No es Fracking, sino “Fracking responsable”: se bautizó la medida con un término que justificaba el acto. Así, la técnica del fracking, rechazada por sus daños al medio ambiente, fue presentada como una medida “responsable”, donde el término focaliza la atención en las supuestas bondades con que se hará la técnica. 

3. No rechazamos los acuerdos, mejor decimos “Paz sí, pero no así”: fue el eslogan con el que se buscó silenciar el evidente rechazo a los acuerdos de paz. Consistió en acompañar con un antónimo el término problemático.Así, el no a la paz se evita gracias a su expresión antónima, “paz sí”, que enseguida de término problemático “pero no así” genera un efecto atenuante para no ver a los opositores de la paz como lo que son, enemigos de ella.

4. “Acuerdos programáticos”: es el burdo eufemismo que deja ver como legítimo el clientelismo. No olvidemos que a estos “acuerdos” sólo fueron invitados en primera instancia los partidos de gobierno, ¿Fue acaso la repartición de la famosa mermelada?

5. “Paz con legalidad”: fue el argumento presentado por el Gobierno para objetar la JEP, una expresión que embellece lo que diría el militante del Centro Democrático, Fernando Londoño: “hacer trizas ese maldito papel que llaman el acuerdo final con las Farc”.

6. “Cerco diplomático”: expresión que ni el propio presidente fue capaz de explicar ante la insistencia de un periodista español. Claro, Duque no podía decir ante la prensa internacional que esto dejaba una posibilidad abierta para que de la llamada “solución a la crisis venezolana” hiciera parte de una intervención militar estadounidense auspiciada por varios gobiernos, camuflada en ayudas humanitarias tal y como lo hizo Estados Unidos en Panamá en 1989 o Nicaragua en 1986.

7. “Seguridad democrática”: Es la política en la cual se legitimaron los actos beligerantes ocurridos en Colombia entre el 2000 y el 2010. Para, de este modo, ocultar las ejecuciones extrajudiciales o falsos positivos bajo el argumento de que solo fueron daños colaterales de la violencia en el país.  8. Se evita decir “rescate bancario”: el gobierno reemplazó este término por “efectuar operaciones de apoyo de liquidez transitoria al sector financiero a través de transferencia temporal de valores” en el Decreto 444, del 2020. Lo mismo sucedió en 1998 cuando se aprobó en el Decreto 2331 para la creación del 4×1000, el cual surgió en medio de un estado de emergencia y tenía un carácter transitorio.

Para hablar de reformas pensionales se usa “reforma a la estructura del sistema de protección a la vejez“,  los recortes se transforman en “reformas estructurales” e, incluso, usamos eufemismos en asuntos mundiales como en la denominación de “tercer mundo” a países pobres.

Como si fuera poco esta semana fue tendencia nacional el llamado “aislamiento inteligente”  Una propuesta planteada por Duque para terminar la cuarentena nacional obligatoria y pasar a una especie de selección utilitarista en donde arriesgaremos la salud de miles de colombianos bajo la excusa de que “a sus territorios no ha llegado el virus”. Esta idea no tiene otra lógica más que la de proteger las empresas de este país privilegiando así el dinero sobre la vida.

Como estos hay cientos de ejemplos que funcionan como un imperialismo mental para evitar que comprendamos lo que ocurre por detrás de las palabras, percibiendo así los hechos con lentes distorsionados. Este recurso lingüístico hace que el cerebro piense en positivo, y nadie suele rechazar una buena noticia cuando se la sirven en bandeja de plata, por eso es importante comprender cómo funciona la manipulación lingüística y empezar a plantear una idea de rectificación del lenguaje. 

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