¿Quiere alguien pensar en los médicos?

Autor: Juan Pablo Ospina Valencia

Twitter: @juos_410
Instagram: @juanpa_410

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal web.

Desde la pandemia de gripe A (H1N1) que cobró la vida de más de 18000 personas entre enero de 2009 y agosto de 2010 el mundo no se había enfrentado a una emergencia sanitaria tan grande como la que se está viviendo por cuenta del Covid-19. Un virus que tuvo su primer brote en la provincia china de Wuhan a finales de noviembre de 2019 y que a, 4 meses de su aparición, ha logrado expandirse a más de 180 países contagiando a más de 2 millones de personas y ha provocado la muerte de más de 118 mil pacientes, cifra que con el pasar de los días tiende a aumentar. El coronavirus parece haber detenido a todo el mundo por igual, pero los únicos que no pueden parar, ni aunque quisieran hacerlo, son los profesionales de la salud.

Y es que el personal médico se ha llevado los aplausos y honores en todo el mundo por la labor que están haciendo para enfrentar la pandemia, o bueno, al menos en el resto del mundo se han llevado todos los honores. En Colombia izamos la bandera y todos nos ponemos la camiseta de la selección para recibir con honores a la nómina mundialista que nos clasificó a un mundial y paseamos en carro de bomberos por todas las ciudades con bombos y platillos a la mujer que luego de 75 años ganó la segunda corona de Miss Universo para el país, pero  al personal de salud lo aplaudimos desde la ventana pero les pedimos encarecidamente que por favor no circulen por las zonas comunes o que se quiten el uniforme para entrar a un supermercado. Qué grande es Colombia.

Sí, todos somos expertos en llenarnos de orgullo y patriotismo con triunfos que no son nuestros como los goles de James y Cuadrado en Europa, o los Grammys de Juanes y Shakira, pero cuando se nos pide un poquito de empatía con un grupo de profesionales que están arriesgando sus propias vidas desde hace más de un mes para salvar las nuestras, nosotros estamos ocupados haciendo gala de nuestra doble moral compadeciéndonos de los pobrecitos médicos que tienen que salir a trabajar como héroes para enfrentar este virus horrendo, pero luego no los dejamos ni siquiera entrar a sus casas.

Cabe aclarar que no son los 48 millones de colombianos los que satanizan y discriminan al personal de la salud por estos días, sino aquellos que se hacen llamar “colombianos de bien” que, en aras de propender un bien común para todos, se han dedicado en las últimas semanas a solicitarle muy comedidamente al personal médico por medio de carteles que por favor no utilicen los ascensores ni las áreas comunes de los edificios y conjuntos residenciales, que en la medida de lo posible no utilicen el transporte público y que mucho menos se les ocurra entrar a sus propias casas donde pagan arriendo porque pueden llevar “los bichos”, pues son los profesionales de la salud quienes nos deben cuidar y ser responsables. Incluso les hacen un enérgico llamado a pensar en el otro. Claro, como si salir todos los días a trabajar en turnos de hasta 12 horas diarias a una unidad de urgencias o cuidados intensivos, exponiéndose a un posible contagio para salvar vidas ajenas no fuera pensar en el otro ¡Que médicos tan desconsiderados! 

Y es que, mientras para algunos colombianos llevar bata blanca, guantes y tapabocas es motivo de orgullo y de homenaje con aplausos desde las ventanas y balcones; para otros ser médico en época de coronavirus es como ser uno de los 4 jinetes del apocalipsis. Pienso que nadie es más consciente de la magnitud de la situación que estamos enfrentando que los profesionales de la salud, a tal punto que muchos de ellos se han aislado voluntariamente de sus propias familias para no exponerlas a un posible contagio. Si renunciar al contacto con la propia familia no es pensar en el otro entonces no sé qué lo sea. El miedo irracional y la falta de empatía nos ha llevado a pedirle a un médico que se quite su uniforme para poder entrar a un supermercado, como ocurrió en Barranquilla; o pedirle a una enfermera que desocupe la habitación que tiene arrendada en Bogotá porque puede llenar la casa de “bichos”, incluso nos han llevado a no compartir el transporte público con un trabajador de la salud. Ay, qué orgulloso me siento de no ser uno de esos “colombianos de bien” que por lo único que tiene que preocuparse es por mantenerse aislado en su propia burbuja del privilegio en medio de la pandemia.

Lo cierto del caso es que en Colombia la curva de contagio parece no aplanarse y, mientras todos nosotros nos quedamos confinados en casa con nuestras familias cuidándonos para no contagiarnos, los y las profesionales de la salud salen todos los días a trabajar sagradamente, a arriesgar sus vidas sin saber si van a contagiarse del virus que puede llevarlos a la muerte, como le sucedió a Carlos Fabián Nieto, médico de urgencias; y a William Gutiérrez, anestesiólogo e intensivista, que se convirtieron en los dos primeros profesionales de la salud que mueren por Covid-19 en el país. Son ellos quienes se están jugando literalmente la vida en esta emergencia, quienes están siendo responsables y están haciendo lo que deben; no quienes con sus actos pseudoheróicos lo único que hacen es segregar y discriminar a los verdaderos héroes.

A este rechazo al que se deben enfrentar por cumplir su labor se suma el hecho de que el personal médico colombiano deba trabajar en un sistema de salud paupérrimo que no es capaz de garantizar los elementos mínimos de protección para atender la emergencia, con sueldos miserables, retrasos de hasta 6 meses en los pagos en algunas regiones del país, con modelos de contratación que precarizan la prestación del servicio, entre otros; y aún así muchos de ellos siguen en pie de lucha. Pero nosotros no somos capaces de ver más allá de nuestro propio privilegio, si protestan por no tener las garantías mínimas para trabajar dignamente en su profesión nos vamos lanza en ristre contra ellos por vagos y si trabajan aún en las peores condiciones también nos vamos lanza en ristre porque son unos inconscientes que no piensan en el otro. Entonces ¿qué carajos es lo que queremos? ¿quién nos entiende?

Por mi parte puedo decir que un aplauso desde la ventana de mi casa no es suficiente para agradecerles a esos héroes de bata blanca, guantes y tapabocas; que por mucho tiempo nos vamos a quedar cortos en homenajes para todos ustedes. Hoy soy consciente del deber moral y ciudadano que tengo con los profesionales de la salud de acogerlos. La propuesta que le hago a todos quienes se han tomado el tiempo de leer esta columna es que nos preguntemos a quién debemos exigirle más, a nuestros líderes políticos para que inviertan más en ciencia, salud y educación en lugar de guerra; o a los futbolistas para que metan más goles y por fin se ganen un mundial.  Mientras tanto yo seguiré dispuesto a salir a la ventana de mi casa a aplaudir y a las calles a marchar cada vez que se me convoque para respaldar a los médicos colombianos; por el momento lo hago de lejitos mientras toda la contingencia pasa, pero con el orgullo de saber quiénes son mis verdaderos héroes.

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