Game over

Autor: Mauricio Rusinque

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*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal web.

Por mi año de nacimiento (años setenta) se me asocia con algo llamado la Generación X, una generación que, en sus años mozos, no tenía dispositivos electrónicos para solucionar la vida. Enumeraré elementos y sucesos que rememoro de mi época y que en estos días serían el hazmerreír de personas que se hacen denominar índigo, generación z, cristal, zafiro, esmeralda y mil cosas más; nombres que parecen más posiciones de un multinivel.  

Para empezar nuestra principal forma de comunicación estaba conectada a una de las paredes de nuestra casa. La forma de marcar a nuestro interlocutor consistía en un proceso de rotación del dedo índice en un círculo que giraba por los diferentes números. Para tener privacidad en una llamada debíamos ingresar al baño más cercano, pero si corríamos con suerte de tener un cable largo podíamos entrar en nuestros cuartos para así hablar tranquilamente. La llamada era cortada inmediatamente si escuchábamos expresiones como “cuelgue que ese teléfono no se paga solo”, “cuelgue ya, que estoy esperando una llamada urgente”, “cuelgue que eso no da leche”, “necesito ese teléfono en su sitio ya”, “¿es qué en esa otra casa nadie duerme?”.  Cuando no eras hijo único ni que decir, el primogénito tenía la potestad del manejo del tiempo del teléfono hasta que llegara algún adulto responsable. Si eras el menor, perdías en el intento de hablar con alguien diferente a los de tu casa. Por otra parte, llamar a alguien estando en la calle era aún más difícil, porque tenías que hacer fila para realizar dicha llamada. Se necesitaba, además, tener “suelto”, así se les denominaba a las monedas en esa época ¡Imagínate! ¡monedas para llamar! Al llegar tu turno contabas con suerte si había una cabina, ya que de lo contrario tenías privacidad nula. 

Tomado de: Fundaciontelefonica.com

Otra forma de comunicación correspondía a los chiflidos, los cuales tenían lugar en el parche de amigos del barrio, estos amigos eran como los hermanos perdidos que nunca tuviste. El llamado a salir al encuentro con ellos era un chiflido que lo hacía el que más calle tenía, este ser salía primero a una hora determinada por el instinto y pasaba por cada una de las casas reuniendo el grupo completo para jugar a las escondidas, un partido de fútbol o para montar en la monareta del que más plata tenía (Monareta era una bicicleta de última generación de los años 70, que descrestaba a todo niño). 

Mientras pasaban los años ibas creciendo con ellos, ibas a chiquitekas, pasabas por besos robados con amigas, jugabas con ellas yermis, realizabas tu primer WhatsApp llamado chismógrafo, que era un cuaderno donde se escribían mil preguntas y se rotaba entre el grupo, cada uno colocaba las respuestas y después eran leídas por todos. Este chismógrafo, de manera semejante al WhatsApp, creaba discordias y enemistades. Con el paso de los años no nos volvimos a ver con la mayoría de estos amigos, pero hoy sabemos que ellos siempre estarán allí y que, si se cruza en tu camino ese barrio de antaño, puedes parar y mirar cada una de las casas de tus compañeros de niñez y saber que fueron tus mejores años.

Tomado de: Pedaleandoblog.wordpress.com

Otro aspecto a destacar son los permisos. Estos estaban enmarcados por una lucha de poderes entre los padres, es así como pedir permiso para ir a una fiesta o para quedarte en la casa de un amigo era pasar por una coreografía marcada primero por  la mamá de “¿ya le preguntó a su papá?” y cuando ibas donde él te regresaba diciendo “pregúntele a su mamá”, peloteándose la decisión, para al final decirte “¿y para qué va a ir por allá?, mire la hora”, dando la posibilidad de crear estrategias de psicología y manipulación para poder salir. Una de estas consistía en entrar con el teléfono en la mano y decir, “papá, la mamá de Carlitos quiere hablar con usted”, ahí se armaba la de Troya porque la mirada de tu padre reflejaba una ira descomunal, donde la frase esperada entre risas falsas era “ya va para allá” y al terminar la llamada  decía “salga de aquí que no lo quiero ver, salga ya… o si no”.

En esa época una sola mirada de tus padres decía todo, no se necesitaba ni siquiera hablar, una mirada y tú quedabas quieto, cabe agregar que el tuteo era casi nulo, este empezó más allá de los ochenta, en los 70 era más visceral la comunicación entre todos.

Nosotros jugábamos en unas consolas que se denominaban Atari, reuniéndonos en las noches para jugar por parejas; los muñequitos que aparecían en estos juegos parecían hechos por los creadores de Lego, no tenían definición alguna. Además tenía ciertas particularidades como que si te fallaba el casete debías soplarlo por donde estaban los conectores para hacerlo funcionar y que los controles para hacer funcionar tus “avatares” eran una palanca y un botón; con esos dos elementos podías ganar una tendinitis en la muñeca dominante después de unas vacaciones de fin de año con los de tu barrio.  Para entretenernos veíamos películas en algo que llamábamos betamax, que fue reemplazado luego por el VHS; estos eran unos casetes gigantes que tú debías alquilar en tiendas de video, donde conseguías los últimos títulos de las películas que ya no estaban en cartelera y eras feliz cuando conseguías llevarte una película que sólo tenía una copia y que todo el mundo quería ver, ahora bien al siguiente día debías devolverla o te cobraban multa por día. Definitivamente la vida de adolescente en esos años, era más dura de lo que parecía. 

Tomada de: ign.com

Los años han cambiado, estos son algunos sucesos de muchos más que tenían magia en los años antes de los dispositivos que ahora conducen nuestras vidas. Hoy los niños desarrollan su personalidad a través de una tablet, de un celular de última generación, haciendo que la interlocución con la sociedad sea cada vez más nula. Hoy los niños son los que regañan a sus padres, un adolescente sin wi-fi es una persona que se siente relegada de poderse comunicar con sus amigos, sin embargo, cuando está con ellos, sus relaciones se concentran en mostrarle a la sociedad como esta su vida a través de selfies y de likes para demostrar que hacen parte de un nicho específico.

Pero el pasado y la vida siempre tiene mucho que enseñarnos. Hoy estamos encerrados, volviendo a estar con el otro, volviendo a vernos a los ojos, hablando de frente con nuestra familia y si necesitamos hacer uso de esta tecnología es para traer más cerca a nuestros seres queridos, para hacer reuniones entre los que poco nos veíamos.

El encierro nos está enseñando a preguntarnos por el otro, a saber qué están haciendo y si necesitas de esa persona o si tú le haces falta a alguien. Este aislamiento preventivo es más que inteligente para aquellos que están aprovechando para volver a ser familia, para reencontrarse con esos amigos del barrio, para charlar con las personas de tu promoción, para conocer con tus hijos esos juegos “viejos” compartiendo en un computador un E.T. de Atari y un Deadpool de Fortnite. 

Aislamiento inteligente es compartir y aprovechar al que está contigo o al que está lejos; el juego no debe terminar, debemos seguir, métete en el juego, nuestro avatar debe tener mascarilla en el rostro, guantes de látex en las manos, gafas de protección y alcohol para limpiarnos; sintiéndonos de alguna forma una vez más, en esos años maravillosos sintiendo cada día como si fuera el último. No dejemos que nos aparezca el Game Over, aún tenemos mucho por jugar, nuestras decisiones son el futuro de muchos.

Un pensamiento

  1. Que recuerdos tan cheveres Mauricio…eso del “chismografo” era una vaina seria…y el telebolito antes del Atari nos hizo volar la imaginación!!!

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