El hombre invisible

Autor: Mauricio Rusinque

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*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal web.

Cuando llegué a mis dieciocho años de edad lo único que tenía en mente era lo que iba a estudiar para ganarme la vida, mi papá siempre quiso que mi camino estuviera en las finanzas, estudiar administración de empresas, relaciones internacionales o algo parecido para que él se sintiera orgulloso por el resto de sus días; lo más cercano a ese sueño paterno fue el de ser patinador de un banco, ir de arriba abajo llevando documentos importantes para otros, yo intentaba hacer el mejor de los trabajos, uno de mis compañeros que llevaba muchos años como asesor de créditos y al que siempre debía llevarle documentos me nombró como gerente de vueltas. Por 5 meses trabajé en el sector administrativo como domiciliario al interior de una seccional bancaria; pero la ilusión de ser alguien me llevó a pensar en lo que yo era bueno, mis pensamientos se nublaron, no era bueno en nada, fui un estudiante promedio con buenas notas;  ¿qué podía ser para ganar dinero y volverme un hombre independiente capaz de pagarme una vida?; pasaban los meses y aún no conseguía que la musa de las profesiones viniera, me abrazara y me llevara ante la facultad que me sacaría a la fama.

Mientras mi cuerpo encontraba el quehacer de la vida me salió un trabajo como auditor nocturno en un hotel, acababa de llegar una marca internacional de hoteles a Bogotá, ubicado en una zona de negocios para aquellos socios que se quisieran hospedar y venir a nuestro país a cerrar tratos grandes en sus instalaciones.   Ingresé a este trabajo como entran la mayoría de las personas cuando no saben hacer nada, por pura rosca, el mejor amigo de mi hermano mayor era amigo de la persona que estaba haciendo la selección de personal y una sola llamada logró lo que yo no había logrado en 18 años, ser auditor nocturno, casi no podía con el nombre de mi puesto, en realidad al iniciar con mis funciones a las 10 de la noche me di cuenta en mi primer turno que era el botones de la noche y que debía ingresar al sistema todas las facturas, remisiones, cartas y demás al sistema, por eso se le llamaba auditor pero en realidad yo era la persona que recibía los huéspedes para llevarlos a sus cuartos e indicarles donde estaba el ascensor, el restaurante y la piscina; aunque no era lo que yo esperaba, por 7 meses fui amigo del chef que nos daba toda la comida que quisiéramos a los del turno de la noche, ganando en propinas el doble de mi sueldo por ser el único auditor nocturno del hotel;  por esa época, no funcionó la ubicación del hotel por lo que los socios decidieron venderlo a un nombre reconocido mexicano de cadenas hoteleras y lo primero que hicieron al hacer ese negocio fue el de sacarnos a nosotros por renovación, esa fue la palabra que usaron para cancelar mi contrato, volviendo a quedar cesante en mi vida. 

Las clases eran los sábados de 3 a 6 pm, el miedo que sentía al pensar que debía ponerme de pie frente a varias personas para actuarles algo era descomunal, no sentía que yo fuera bueno para eso, pero igual debía hacer algo, así que le metí ganas.  En las primeras clases nos pusieron a caminar por un salón grande, mirándonos a los ojos, nos pidieron hacer una danza en el sitio donde nos encontrábamos, parecíamos una grupo de jóvenes desadaptados llevados por algún alucinógeno, siempre escuchando al profesor decir “déjense llevar”. Muchos lo hacían, los miraba con recelo, pero igual hice lo que me decían. Me iba dando cuenta que sabía cumplir órdenes, lo que me dijeran yo lo hacía y al parecer le gustaba mi forma de accionar en escena al director del grupo.

Durante el tiempo que estuve trasnochando para conseguir unos cigarrillos para el del cuarto 507, unas polas para el señor de la 802, recibiendo a uno y al otro, mi hermana me estuvo insistiendo en que debía estudiar algo ya, que el tiempo estaba pasando y yo nada que arrancaba a estudiar.  Cuando me liquidaron de mi puesto de auditor, me quedó una platica con la que decidí hacer un taller en el que mi hermana me inscribió sin mi consentimiento, un taller de actuación en un grupo de teatro del centro de Bogotá, las clases eran los sábados de 3 a 6 pm, el miedo que sentía al pensar que debía ponerme de pie frente a varias personas para actuarles algo era descomunal, no sentía que yo fuera bueno para actuar, igual debía hacer algo, así que le metí ganas.  En las primeras clases nos pusieron a caminar por un salón grande, mirándonos a los ojos, nos pidieron hacer una danza en el sitio donde nos encontrábamos, parecíamos una grupo de jóvenes desadaptados llevados por algún alucinógeno, siempre escuchando al profesor decir “déjense llevar”, muchos lo hacían, los miraba con recelo pero igual hice lo que me decían, lo que me iba dando cuenta es que sabía cumplir órdenes, lo que me dijeran yo lo hacía y al parecer le gustaba mi forma de accionar en escena al director del grupo; a una semana de estar allí estudiando me ofrecieron mi primer personajes en las tablas, sería el papá en una obra de teatro del absurdo escrita por nuestro director, debía ensayar tres veces a la semana con un grupo de actores que ya llevaban años como compañía, se conocía bastante, sabían qué hacer cuando alguno improvisaba y sabían como si fueran un equipo de fútbol como hacerse pases para llegar al gol, es decir, a la escena perfecta.  

Tomado de: Ceciliaduran.com

A medida que pasaban los ensayos me fui consolidando con mi papel, el grupo me acogió y al parecer lo estaba haciendo bien, el día del estreno entre el público estaba mi hermana que fue la causante que yo estuviera ahí parado y mi madre que siempre me ha apoyado en que fuera patinador, botones y ahora actor, esa noche sentí que fui el mejor al ver que mi madre entre el público lloraba por ver a su hijo en el escenario, lloraba orgullosa sin importar que la obra fuera una comedia. Siete años después de muchas obras de teatro, de convertirme en la mano derecha del director y de varios viajes por el mundo representando a nuestro país en festivales internacionales de artes escénicas decidí profesionalizarme, sentía que por fin sabía hacer algo.  Al día siguiente de decirle adiós a mi grupo de teatro me inscribí para estudiar artes escénicas a nivel profesional, me esperaban 5 años de clases; mi primer encuentro con este mundo estudiantil fue el del coordinador de la carrera quien me dijo que yo era muy viejo para estar ahí, mi respuesta fue, ¿viejo para qué?, ya había estado trabajando en un grupo profesional, en ese momento quería demostrarme a mí mismo que podía ser experto en lo que hacía, si no me daban la oportunidad ahí terminaría todo. Así, con trabas de profesores que me consideraban lo peor y otros lo mejor y para otros, era invisible, logré obtener mi título de licenciado en artes escénicas.  Salí al mundo con capacidades para ser director, actor, dramaturgo, gestor cultural y por sobre todas las cosas, profesor de artes; por todas estas disciplinas pasé, di clases en colegios, privados, distritales, tuve mi propio taller de actuación para televisión, pasaron varios actores reconocidos por mis clases, formé a muchos para que consiguieran sus sueños, dejando los míos atrás.

Después de muchos años de intentar demostrarme a mí mismo que sé hacer algo, de lograr tener mi propia empresa de realización de sketch teatrales para enseñar el cuidado en seguridad y salud en el trabajo, me doy cuenta que sigo siendo invisible, que he logrado superar adversidades para lograr lo que soy, pero que esta profesión que el destino (mi hermana) me puso en el camino es muy desagradecida; las personas se divierten con nosotros, se entretienen, aprenden divirtiéndose, nos buscan si somos famosos, pero cuando nosotros los necesitamos no existimos. Somos artistas que no tienen voz en un país que se hace el sordo ante las necesidades de este sector cultural. Hoy estamos encerrados, sin trabajo, sin obras de teatro, sin libretos, sin dinero, sin directores que quieran que Tú estés con ellos en escena, tratando que alguien nos escuche, que alguien nos envíe un salvavidas, pero además no tenemos suerte, no salimos como beneficiarios de nada.  Al tener el título de artista, sin importar la disciplina, nos pusimos una lápida en el cuello sin saberlo, estás contagiado sin siquiera tener síntomas, eres el ser más despreciable para los que están alrededor de tu gremio. El tiempo ante el virus pasa, las ideas aparecen, las obras de teatro pasaron de ser vivas a ser virtuales, cada uno intenta sobrevivir como puede y obtener ayudas de la nada para sentir que se es alguien en esta situación.

Hoy pienso que debí elegir estudiar lo que mi padre decía: finanzas, o ser amigo del amigo y ser diplomático en Suiza, con una casa de mil millones de pesos paga por el gobierno nacional, con almuerzos de dos millones de pesos, con carro diplomático para ver un amanecer que nunca va a llegar. Hoy, en pandemia, no sé si sé hacer algo, tal vez ni sepa escribir y esto no lo lea nadie, pero por lo menos quiero que mi madre siga orgullosa de tener ese hijo que lucha por seguir demostrando que es el mejor, el mejor en ser invisible.

Un pensamiento

  1. No eres invisible gran amigo, tu talento y esfuerzo hablan por sí solos, créeme que ya llegará el momento donde encontrarás lo que quieres. La vida lo premiará, mientras tanto sigue escribiendo y realizando tus personajes que tanto nos gusta.

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