La literatura: el desafío histórico del arte

Autor: Brayan Latorre

Instagram: @brayan_la_torre
Twitter: @BrayanLatorre

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal web.

Por Carlos Arturo Latorre Ordóñez, pintor y artista colombiano. WhatsApp: (+57) 3164277080

La imagen de portada no representa una simple unión afectiva entre un anciano y una niña, que pueden ser abuelo y nieta, o tener algún otro vínculo familiar, resaltando los valores de los lazos familiares, sobre todo en estos tiempos de pandemia en los que la convivencia no es bien manejada o el confinamiento ha causado esa ruptura emocional, que podría verse motivada en dicha imagen a ser siempre recordada para amar cada vez más la familia; ¡no!, ni mucho menos promueve la pederastia, cuyos defensores han salido a la luz reclamando su aprobación legal; ni tampoco es solamente la comparación entre el arte antiguo y el moderno, es solamente la viva representación de dos puntos exactos con base a esto último: 

1. En toda época, hay un prototipo y tendencias de arte, pasadas de moda, viejas y prestas a morir

2. Asimismo, siempre hay un contraste de modernidad y nuevas tendencias, juveniles y bellas. 

Sólo que el gran problema en cuestión es que la mayor tendencia de lo moderno es acabar con lo viejo, lo cual se observa desde la antigüedad, pasando por la Edad Media y resurgiendo la calidad oculta del intelecto artístico y científico en el Renacimiento. 

Aquello nos da la esperanza de que siempre hay un Renacimiento, que no creo que llegue a ser como un bebé recién nacido o algo completamente nuevo, nunca antes visto, porque desde el concepto de innovación, eso no hay (todo ya ha sido creado), sólo que debe ser descubierto, analizado y mejorado. Es allí donde radica la creatividad, para lo cual el personaje que entre en acción debe ser un joven, que en medio de la antigüedad y modernidad, representando lo mejor del intelecto y progreso social de cada época y tendencias, ratifique el dicho popular: “El viejo y el joven son el equipo perfecto; pues el viejo tiene la sabiduría y experiencia, y el joven la energía y fuerza”.

Por Carlos Arturo Latorre Ordóñez, pintor y artista colombiano, Whatsapp: (+57) 3164277080

Entre todos los ámbitos intelectuales me centraré en la literatura como ejemplo, no dirigiéndome a un desafío en general por época, mas bien a algo de mayor interés y es el desafío de la tendencia moderna de esta a desaparecer, empezando por un sesgo en las publicaciones con nocivos pilares. 

Es cierto que las editoriales no pueden publicarlo todo, sin embargo, esto no implica la necesidad de que hagan un sesgo innecesario, en especial uno que limite nuevas tendencias, ya que no es así como funciona el mercado literario, artístico ni científico, ¡mejor dicho!, la Economía Naranja, ni ningún tipo de segmento, pues la estrategia del mercadeo es precisamente expandirse, aprovechando nuevas ideas.

A pesar de que haya un problema de comunicación entre el escritor y editor, hay tantas formas de transmitir mensajes que, aun cuando estos sean confusos al momento de presentarse ante las editoriales, de ellas es la responsabilidad de ajustarlos al “lenguaje literario universal” con el fin no sólo de aclararlos sino, ante todo, de transmitirlos a los lectores, logrando el fin comunicativo, educativo y artístico de la literatura, cuya responsabilidad última es de ellas y que no quieren asumir correctamente a través de excusas o respuestas que no tienen nada de diferente: “No estamos obligadas a dar explicación de rechazo”, pues todas replican esto o la más amable en mi experiencia dirá: “A veces hay clic entre el escritor y editor, y otras veces no”, como si el editor fuera el gran público lector. 

Y sé que aunque el paradigma se centra en que el editor es el experto, el que conoce el entorno y del tema, fácilmente, se puede asumir como algo personal y no profesional, como un gusto individual y propio del editor o de la línea editorial, mas no del público al que se dirige, el cual existe y hace parte de una realidad más cercana de lo que las editoriales hacen ver, no sirviendo como el gran canal de comunicación y de libre expresión que deberían ser, ¡todo lo contrario!, como el conducto que hiere a muerte a la literatura. 

https://lh6.googleusercontent.com/dkh9eOjrJP5LdQWfq33XhYqaarYUXN5-Uj295xmZK90EJM6VAoSDb_yBXYolwaV7e6gkMd0MAQC9WCvz7ryTxuW1l_OhUIMyfz533cgw2FYNcNgZIC9SOyio04Xb65jEb-xjyVlr
Tomado de: pinterest.com

Como el anterior personaje reaccionan los editores de manera irónica, como un autor o actor de teatro reaccionaría frente a sus obras, al igual que un poeta, debido a la fatalidad de que se ha olvidado la riqueza de la poesía, ya que no sólo difícilmente se le publica a un poeta novel, sino que ni siquiera se reciben sus poemas con la excusa de que es un género difícil de posicionar en el mercado. Tal como sucede con las obras teatrales, mientras mueren en el anonimato, sucesores de Neruda y de Shakespeare, que pueden ser mucho mejores. Todo esto se supone, como en realidad lo he asegurado y según mi experiencia como escritor, que es producto no del interés de mejorar la calidad del arte, mas bien las cifras de ganancias, debido a que el neoliberalismo ha desviado el interés artístico del público en general: tanto de lectores como escritores y editores, haciendo que el enfoque sea sólo en la distracción y en la competencia económica salvaje que ha ganado a gran escala la música, pero olvidando la calidad realmente poética y educativa tanto de esta como del arte en general. 

Es por ello que también me expreso en nombre de todos esos músicos, compositores y cantantes que se encuentran frente a este, que no es un problema, mas bien un asunto en cuestión que prefiero llamar un desafío histórico, así como pasa con las artes escénicas y plásticas, que se hallan en una situación similar; cada expresión artística con sus particularidades, sólo que partiendo de las características generales y principales aquí mencionadas. Además, parece como si no sólo Julieta llorara por Romeo en la tragedia de Shakespeare, sino que estuviera llorando por su esencia literaria que, aunque no desaparece, se ve manchada con escritura y con lectura de mala calidad.

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