Orgulloso de quien soy

Autor: Jaime Oviedo

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal

Cuando quise iniciar con  este espacio digital en Agendas Latinas, pensé en escribir alrededor de temas como el COVID-19, las políticas públicas o el marketing político; incluso intenté  realizar muchas otras columnas sobre temas coyunturales, pero nada me convencía hasta que comencé a redactar esta y las palabras fueron tomando forma por sí solas. 

¿Por qué estoy diciendo esto? Bueno, lo hago porque después de mucho dudar y  darle vueltas al asunto quería abrir este espacio dando a conocer un poco de mí a las personas que me leerán en algún momento. También tiene que ver con la fecha en la que estoy escribiendo, pues es el día de la conmemoración del Orgullo Gay, fecha que  me permitió reflexionar acerca de quién soy, qué es lo que quiero y de mi lugar en este mundo. 

Para muchas personas su orientación sexual no los define, o al menos eso es lo que dicen. Ahora bien, la premisa anterior me llevó a cuestionar si el hecho de ser un hombre gay me definía o no. Al tratar de darle respuesta a este cuestionamiento descubrí que ser homosexual es algo que me ha llevado a ser quien soy el día de hoy con mis buenas y malas decisiones, como todo ser humano,  y que me seguirá definiendo hasta el día de mi muerte.

Ser homosexual determinó mi forma de jugar. Cuando era niño, me gustaba jugar soldaditos, fútbol y carritos; a la vez, me encantaba jugar con mi hermana a las muñecas, a los reinados de belleza, a las comiditas, etcétera. Todo estaba bien, hasta el día que me vieron mis amigos de aquel entonces, quienes se burlaron. Por otro lado, mis padres hacían hasta lo imposible para que dejara los juegos de niñas. 

Cuando era adolescente, sentía miedo de  mi gusto por los hombres e hice todo por parecer heterosexual, por ejemplo: tuve algunas novias, aunque fuera incómodo, intenté evitar el contacto con otros hombres para no sentir nada “inapropiado” por ellos. En esa etapa, me convertí en el bravucón que se burlaba del compañero afeminado para desviar la atención de mis compañeros porque me gustaba Madonna, George Michael, Britney Spears y Destiny’s Child, mientras que en  casa se me prohibían ver telenovelas “porque eso era de mujeres”. 

Aquella presión me llevó a caer en las manos de una iglesia cristiana muy grande, en la cual creía que me iba a “curar”, que podía ser normal, donde podía dejar de sentir atracción hacia otros hombres. Fueron cuatro años bastante duros, en los que reprimí todo lo que sentía.  Además, ahí llegué a creer que mi cura era pasar noches enteras pidiéndole a Jesús que me quitara esa “enfermedad” para no ir al infierno. Pasé  largas jornadas de ayuno y retiros para que me sacaran los demonios, sin contar la humillación tanto en privado como en público por masturbarme, tener sueños húmedos y por no llevar a mis amigos y familiares a los retiros, con el fin de que formaran parte de su emporio de  fe. 

Luego de cuatro años de una fuerte presión y una depresión cada vez más grande, renuncié a la iglesia. Me retiré para así llevar mi vida gay oculta de mi familia. Tanta represión me llevó a la necesidad de recuperar tantos años de castigos, disciplina, humillaciones y de odiar mi propio cuerpo, al que veía como pecaminoso, lo que me llevó a excesos con el fin de tratar de reconciliarme conmigo mismo. Quería tratar de llevar una vida como la de cualquier otro joven, aunque en el fondo me seguía sintiendo miserable, deprimido, y esperaba que en cualquier momento cayera un rayo a castigarme por tener novio o por besarme con un hombre.

 Fueron momentos duros, aunque de gran aprendizaje. Aprendí el valor de muchas cosas. Conocí otra faceta del mundo donde también conocí el sufrimiento de otros jóvenes que no tenían las mismas condiciones que yo, unos venían de lugares alejados del país, rechazados por sus familias, otros llegaron de sus regiones golpeados y sin dinero, obligados por el hambre a ejercer la prostitución para tener algo de dinero; expuestos a enfermedades, golpes y la muerte solo por gustarles alguien de su mismo sexo.

Todo esto desencadenó una serie de decisiones, entre ellas la de salir del clóset porque a no quería esconderme. Estaba cansado, cansado de llevar una vida oculta. No fue fácil. Mi mamá no lo tomó bien, tuve que mantenerlo oculto de mis hermanas mayores. Al final ella me aceptó consiguiendo así una aliada con quien pude ser más abierto. No todo fue fácil, decir que eres abiertamente homosexual es complicado: muchos te aceptan si no aparentas serlo, si no eres afeminado; que te digan que no pareces homosexual muchos lo toman casi como un cumplido. 

“Puedes ser lo que quieras de puertas para adentro”, “no tienes necesidad de decirlo, con que no se te note es suficiente”, son algunas de las frases que se acostumbran a decir y es una forma de invisibilizar; es decir “sé lo que quieras, pero no lo suficientemente duro para que no nos moleste”. Lo anterior es una forma de violencia, de seguir permitiéndonos, de dar una aceptación a medias, condicionada; en la que hay que cumplir unos requisitos. Esa es la forma en la que la sociedad te sigue presionando para que te guardes en un clóset oscuro, frío y solitario. 

Decir que ser homosexual no define a alguien, a mi parecer, es algo falso. Porque mientras uno puede ver a las parejas heterosexuales manifestar su afecto abiertamente, para nosotros ese mismo acto nos puede costar burlas, golpes, lesiones y en muchos casos la vida misma. Aunque a nuestra generación le haya tocado un contexto relativamente más fácil, todavía nos sentimos inseguros, aún tenemos muchas barreras por superar y muchos muros por derribar. 

 Sé que hablo desde mi privilegio, desde mi posición como una persona que tuvo el apoyo de una parte de su familia, que pudo estudiar y tener una carrera universitaria; desde el hecho de ser hombre. Ser gay, pobre, trans, negro, mujer; son atenuantes que hacen que la comunidad sigua siendo estigmatizada. Ser lesbiana en un sistema machista, ser trans en una sociedad que te obliga a ser lo que quieren y no lo que quieres. Ser pobre en un mundo donde la acumulación y la riqueza determinan tus derechos; ser negro en una coyuntura donde la justicia y la seguridad del Estado están en contra tuya solo por tu color de piel, son atenuantes que se complican si aparte de todo eso decides amar o vincularte de forma sexual y afectiva con alguien del mismo sexo. 

Creo que ser gay sí me ha definido porque ante tantas injusticias me hizo reafirmar la decisión de ser politólogo, de querer influir en las decisiones que puedan afectar a tantas personas; me dio las ganas de defender sus derechos. Ser gay y salir del closet me dio la fuerza para decirle a mi universidad que vivo con VIH, en un momento donde me rechazaban por ser portador y  me daban la espalda por ser homosexual. Al reconocer mi propia orientación sexual pude sentir que mi vida tomaba sentido, que no estaba mal, que no estaba dañado o endemoniado. El  reconocer que soy homosexual ha hecho que tenga el deseo de luchar no solo por mí, sino por todas aquellas personas que han vivido situaciones similares a la mía: personas que han sido rechazadas, calladas o que no han tenido la oportunidad de levantar su voz.

Es por eso que quiero iniciar mi espacio en este medio hablando un poco de mí, reconociendo que mi propósito está íntimamente ligado al reconocimiento de quien soy, porque al fin y al cabo todo este camino recorrido forma parte de mi estructura de pensamiento, ya que se ha convertido en mi combustible para expresar lo que he aprendido. Quiero tomar esta plataforma para reivindicar nuestra lucha, para denunciar las violencias, como el caso de  Alejandra Monocuco, quien sufrió la negligencia de un sistema que la rechazó por ser trans, trabajadora sexual; por convivir con personas con VIH. Para levantar  la voz por jóvenes como Sergio Urrego, quien no soportó la presión de un entorno que lo rechazaba por ser quien era. Por muchos de los muchachos que alguna vez conocí que por su orientación fueron maltratados y expulsados de sus hogares. Muchachos que fueron víctimas, no solo de sus regiones, sino también de una ciudad tan agreste como Bogotá. Muchachos, que sus vidas se fueron apagando en medio del olvido.

Hablaré de política, religión, a veces de deportes, economía, VIH o cultura. Hablaré de muchas cosas, pero siempre con el ánimo de ayudar. Quiero que este sea un espacio abierto para darle voz a aquellos que no la tienen o no tienen la suficiente fuerza para levantarla por ellos mismos. Quiero terminar diciendo que hoy puedo estar orgulloso de mí, de mis errores y mis aciertos; por eso este día quiero unirme a la celebración del orgullo con la satisfacción de poder reconocerme y con la responsabilidad de hacer de esta sociedad un lugar mejor, más tolerante y más respetuoso. Así que no me queda más que decirles: 

Bienvenidos a este espacio.

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