Reconocernos humanos desde el quehacer profesional: autocuidado y amor

Autor: Olver Yamith Palomino Hernández

Trabajador Social de la Universidad Nacional de Colombia, facilitador pedagógico en “Errantes pedagógicos”. Asesor de proyectos sociopedagógicos y culturales.

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*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal web.

Hace unos días compartí un espacio de diálogo con colegas de Trabajo Social y Psicología en donde yo era el único hombre en la conversación. Hago mención de esto porque existe la tendencia  de evidenciarse la minoría o ausencia de lo masculino en los espacios sociales donde se aborda el autocuidado de manera explícita. Ya es hora de cambiar ese paradigma del cuidado y hacernos los hombres conscientes de esto.

El conversatorio estuvo cargado de solidaridad, afecto y humanidad. Nos convocó la catarsis que podríamos hacer cada persona con relación a nuestras experiencias significativas como profesionales en el campo de la salud mental. Ahora bien, este escenario me permitió generar algunas apreciaciones orientadas a la empatía y al humanismo que nos atraviesa.

Los relatos evidenciaron el duelo que hemos tenido que enfrentar por la pérdida de un familiar o un amigo cercano, las crisis existenciales, el quebrar en llanto junto a un paciente porque nos tocó fibras muy sensibles y lo que podemos sentir es solidaridad con el dolor,  la empatía con una familia que pierde a un bebé y asumir la tarea de transportar el cuerpo del fallecido, la angustia de atender niños y niñas que han sido expuestos al abuso sexual y escuchar respuestas indiferentes de algunos padres o madres. Encontraremos tantos relatos posibles, como colegas hay. Esto nos lleva a desdibujarnos del estereotipo de hombres y mujeres de acero, que no sentimos o que no podemos expresarnos sensibles, con naturalidad, porque debemos acogernos al prototipo social que se ha construido de nuestras profesiones. 

¿El rol de la profesión condiciona las maneras como nos comportamos o asumimos nuestras relaciones interpersonales? Depende, es mi respuesta, varía del carácter y personalidad del profesional, también del entorno social y cultural donde se desenvuelven. Hay prejuicios que condicionan el comportamiento, la forma de vestir, de opinar, y siempre se espera que los profesionales en Trabajo Social y Psicología sean personas sanas mentalmente, moderadas y reguladas por el buen comportamiento, especialmente el moral (dependiente del cristianismo).

¡No somos superhéroes!, aunque impactemos positivamente las vidas de muchos y cuidemos de ellas, ya sea en familias o comunidades, somos seres humanos con una formación académica que posibilita el servicio profesional, basándonos en conocimientos científicos y experiencias pedagógicas que nos humanizan. Si bien podemos cuidar de los otros, por nuestra formación, quiero interpelar a mis colegas y a las personas que nos visitan en los consultorios o comparten talleres de campo: ¿Quién cuida de nosotros? Las personas a quienes acompañamos en sus procesos individuales nos aportan motivaciones para no desfallecer y no rendirnos, nuevamente. ¿Quién cuida de nosotros? Otro ser humano con la capacidad de reflexión y prospectiva, de sensibilidad y amor humanista, otro que es consciente de los riesgos a los que estamos enfrentados, es por eso que debemos acompañarnos con otros profesionales, en el quehacer cotidiano. Necesitamos de una persona consciente de su rol mediador entre el mundo y lo que somos cada uno de nosotros. 

Lo anterior es posible con una educación crítica, humanista y amorosa, acompañarnos entre colegas es la opción más acertada, reconocernos humanos y con todas las posibilidades de fallar, expandir esta educación a nuestras familias y a nuestro círculo de amigos. De igual manera, es necesario que, como profesionales en un acto de sinceridad con nosotros mismos, reconozcamos los momentos en los cuales necesitamos ayuda, buscar oportunamente ese acompañamiento, los espacios de escucha y orientación son tan necesarios como muestras de autocuidado y amor propio, ese que profesamos e intentamos compartir con nuestros pacientes. Ahora bien, apoyado en el pensamiento de Paulo Freire, es necesario resaltar que debemos procurar prácticas humanistas que nos conduzcan a la libertad. 

Paulo Freire planteó que necesitamos “una educación que posibilite al hombre para la discusión valiente de su problemática, de su inserción en esta problemática, que lo advierta de los peligros de su tiempo para que, consciente de ellos, gane la fuerza y el valor para luchar, en lugar de ser arrastrado a la perdición en su propio ‘yo’, sometido a las prescripciones ajenas. Educación que lo coloque en diálogo con el otro”. 

La pedagogía de Freire está vigente y es oportuna, su mirada es humanizadora de nuestro oficio, nos revela el camino del amor y de la esperanza, de la acción y de la transformación. Tengo la certeza de no ser superhéroe e invito a mis colegas a explorar el mismo sentir, desde su realidad y desde su historicidad, que la finitud de nuestra vida nos oriente también a la búsqueda del autocuidado y el amor propio, y descubrirlo junto al otro es un camino posible.

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