Empleo informal de México: un día en pandemia

Autora: Cristina Celeste León Aquino

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*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente de la autora y no representan la línea editorial del portal web.

*Los nombres en estos testimonios fueron cambiados para proteger la identidad de los entrevistados*

Fuera hay una pandemia y aún así hay quienes deben salir de su zona segura pues el trabajo se los exige. En la mesa se encuentra el café tibio, galletas y un almuerzo en el que los frijoles son los protagonistas; como postre la incertidumbre y el pensamiento: “Ya quiero que esto acabe”. Así comienzan cada mañana las personas trabajadoras con ocupación informal en México, que constituye el 51.8 % de la población que cuenta con empleo.

La mañana

Con la llegada de la pandemia por COVID-19 en febrero y las recomendaciones de quedarse en casa para contener la propagación del coronavirus, en la ciudad de Misantla del estado de Veracruz, en una casa de dos habitaciones y un solo baño viven 6 personas cuyo sustento es la albañilería y la venta de cosas por catálogo.

Don Luis cumplió 48 años a inicios de marzo de este año, ha sido albañil toda su vida, solo estudió hasta la secundaria, pero ha sacado adelante a su familia a golpes de mazo, dedos rotos y días con insolación. A esta edad las arrugas en las comisuras de los ojos se hacen cada vez más notables y la piel quemada por el sol ya no es tan clara como en su juventud.

A las 7:30 desayuna y a las 8:00 se va a trabajar, no puede “darse ese lujo” de quedarse en casa como suele decir, porque de algo hay que comer. Frente a él, calentando las tortillas como cada mañana se encuentra doña Mary, su esposa, quien organiza su mente y las actividades que hará durante el día. Ella tiene 46, sus canas cada día resaltan más entre su cabello negro, con promedio casi de 10 acabó la preparatoria a los 18, pero por parte de su familia no hubo más dinero ni apoyo para seguir estudiando. Ahora vende zapatos por catálogo, corta el cabello en las tardes y hace tandas con los vecinos para ahorrar, para comer, para vivir. Los dos son padres de 3 hijas, las 2 menores van en la primaria, la mayor está por egresar de la universidad y su único hijo varón acaba de iniciarla.

Los hijos mayores que cursan la universidad fuera de su ciudad natal han tenido que regresar a casa donde ya no hay espacio para ellos, pues para mantener sus estudios la familia renta la mitad de su hogar desde hace tres años y por eso hay una cama en lo que antes era el comedor y una habitación improvisada con cortinas en lo que solía ser una sala.

A las 9:00 comienzan las labores. La hija mayor hace las compras, cobra las tandas y va al mercado para que su madre, con principios de anemia, no salga; ya sea fin de semana o vacaciones, en esta casa el tiempo no se detiene, todos los días hay movimiento.

Cada integrante de esta familia aporta su granito de arena para apoyar el negocio familiar, venden helados. El hijo mayor aborda un triciclo, y el ayudante (hermano de doña Mary) conduce una camioneta, cada uno planea su ruta a las 12 del día para salir a recorrer las colonias de la ciudad con una melodía que los distingue. En medio de la contingencia sanitaria, el cubrebocas y una botella de gel se vuelven las únicas armas para no contagiarse. La carga de no tener sueldos fijos ni seguro médico la llevan todos.

Hasta el cuarto trimestre del 2019, del total de la población en edad de trabajar (de 15 y más años), 60.4% era económicamente activa y de este grupo de población, 96.6% (55.6 millones) tenía un empleo según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI.

Pero para mayo del 2020, menos de la mitad de la población en edad de trabajar (el 47.4%), es económicamente activa, según la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo (ETOE), y de este grupo la población ocupada (con empleos formales e informales) abarca el 45.5%.

Además del aumento de decesos en cada entidad federativa de México por causa del COVID-19, los empleos formales (con prestaciones, seguro social, etc.) han disminuido. Esto ha provocado el incremento de personas con empleos informales tales como vendedores ambulantes, puestos de comida, obreros, entre otros. Este grupo poblacional, labora en condiciones precarias, y con sueldos a veces más bajos que el mínimo establecido. 

El 34.3% de los ocupados en el sector formal tienen secundaria o un menor nivel de escolaridad. | Foto: AFP

La tarde

La comida está hecha a las 2 de la tarde. Aquí al menos han corrido con la suerte de tener trabajo en medio de la crisis. Misantla es una ciudad recóndita entre la sierra de Xalapa y la costa de Nautla, y el sol está a todo lo que da, no hay nubes. A las 3 don Luis va de regreso al trabajo. A las 4 doña Mary sube la cortina de metal y espera sus clientes, claro, con un cubre bocas y una botella de gel en la entrada. 

Después del trabajo las tareas escolares deben realizarse, o en los ratos libres, porque el estudio es importante si no quieren trabajar de sol a sol, o si quieren encontrar un trabajo en el que sí tengan vacaciones “no como nosotros”, aconseja don Luis a sus hijos los mayores, a pesar de que en estos momentos la incertidumbre de encontrar un trabajo con remuneración justa al egresar los acose cada día. 

Hasta mayo de 2020 el 51.8% de la población total ocupada pertenecía a la ocupación informal, según el “Comunicado De Prensa Núm. 291/20 30 de junio de 2020” del INEGI, es decir, poco más de la mitad no tiene empleos con sueldos fijos, prestaciones, vacaciones, días de descanso, ni seguro social. 

En el empleo informal se incluye a quienes laboran en unidades económicas no agropecuarias, no constituidas como empresas y que no cumplen con registros básicos de proveedores de bienes y servicios, pero también a quienes, a pesar de estar fuera del sector informal, presentan condiciones laborales consideradas informales como el autoempleo en la agricultura, la no remuneración, o carencia de seguridad social. 

La familia de don Luis se encuentra en el grupo poblacional con mayor vulnerabilidad económica, debido a sus condiciones laborales desiguales, y ahora que acontece la crisis sanitaria causada por la COVID-19, el esfuerzo por mantener a la familia a flote es mayor. El miedo de que alguno de sus hijos se contagie se suma a la preocupación de los gastos que esto provocaría. 

Tomada de: nytimes.com

La noche

El día acaba y de regreso a casa o al cerrar el negocio a las 8 de la noche, el pensamiento de las veces que hubo contacto físico con otras personas aleja cada vez más a la aparente tranquilidad que antes tuvieron. Esta pandemia es una raya más al tigre de preocupaciones que siempre han tenido que sobrellevar. Se lavan las manos, tiran el cubrebocas desechable y la cena se convierte en el único momento de distracción. Pero incluso si las medidas para cuidarse y cuidar a los demás las cumplen al pie de la letra, la incertidumbre prevalece y no los dejará descansar. 

Las medidas para mitigar los contagios de COVID-19, como la paralización de labores económicas no esenciales y el confinamiento, son un privilegio de quienes desde el inicio de la Jornada Nacional de Sana Distancia en marzo han tenido la posibilidad de trabajar desde casa o la solvencia económica para que solo una persona por familia pueda salir a conseguir los víveres para cada una o dos semanas. 

Pero la realidad de los 22.6 millones de mexicanos que se mantienen a base de empleos informales, limpiando las calles, pepenando la basura, vendiendo antojitos, como obreros de construcción, como empleados de negocios pequeños, etc.,  es que viven en condiciones que favorecen la desigualdad  y la exclusión, y así como la familia de don Luis o peor, transcurre un día para ellos durante esta pandemia. 

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