“Uribelstinski”

Autor: Mauricio Rusinque

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*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal web.

Érase una vez un duendecillo que al ser nombrado tres veces cumplía los deseos que tu quisieras, firmabas un contrato con él para hacerlos realidad, pero para cada deseo tendrías que entregar algo significativo para ti. Para romper dicho contrato debías adivinar el día de su nacimiento, día que solo conocía su madre terrenal. Una noche, él caminaba por el bosque de los sueños encantados y vio pasar a un hombre que parecía no tener nada en su vida, era un simple ciudadano de una ciudad que había dejado atrás, alguien sin pasado, sin presente y con un futuro incierto. El duendecillo se le acercó, se colocó al lado de su pierna y le dijo: “Te concedo todos los deseos que quieras si adivinas que me llamo Uribelstinski”.

El ciudadano estaba desconcertado, no supo qué decir, con la boca abierta le respondió que no sabía su nombre, que mejor le entregará esos deseos a alguien más, el duendecillo lo miró con cara de decepción y le repitió: “ Te concedo todo lo que quieras, dinero, poder, lo que quieras si adivinas que me llamo Uribelstinski”. El ciudadano lo miró y le dijo: “Creo saber lo que quieres” Uribelstinski se emocionó, “Quieres que yo me vuelva tu esclavo” le dijo, a lo que el duendecillo le contestó: “Tienes la oportunidad de ser lo que nunca fuiste, di mi nombre tres veces y serás lo que nunca podrás ser”. El ciudadano se quedó pensando, si lo decía podría ser algo que jamás llegaría a ser, pero y si no lo decía, ¿por qué este duende insistía tanto en cumplirle algo que jamás pidió?

“No quiero, quiero seguir siendo un nadie en este camino, nadie me percibe, nadie me ve, nadie sabe que existo, es más importante un nadie. El duende cansado decidió seguir su destino, dejándolo solo, cuando iba a lo lejos el ciudadano lo llamó por su nombre: “Uribelstinski”, el duende se detuvo, volvió a retumbar “Uribelstinski” y por tercera vez sonó su nombre, el duende tomó una forma gigantesca en la que le dijo al ciudadano: “¿Quieres ser lo que nunca llegarás a ser?”, el ciudadano le respondió que sí, convirtiéndolo en mandatario de su propio terreno; le creo un país que él pudiera manejar a su antojo, sin problemas, un país donde el ciudadano pudiera comportarse como lo que él había sido, un nadie;  el duende al hacer realidad su deseo le dijo que debía pagarlo, el pago fue una esposa que le quitaría su tranquilidad, una esposa que lo acompañaría por el resto de sus días vestida con trajes que parecían de diseñador pero al verlos sus iguales solo verían papel y cartón.  Así pasaron los años, cada cosa que pedía el ciudadano, el duende le quitaba o le colocaba algo para hacer su vida una tragedia.  

Le pidió vivir en un palacio en el centro de su país, el duende se lo concedió pero le quitó la posibilidad de hablar claramente, le pidió tener credibilidad frente a su pueblo, el duende le dio una pandemia a su pueblo, le pidió manejar bien a su pueblo en pandemia, el duende le quitó la credibilidad de su pueblo, creándole  poco a poco, decepción, tristeza, melancolía de la vida que llevaba como primer mandatario. Un día el ciudadano se acercó al duende y le dijo: “Ya no quiero más, estoy cansado, quiero volver a ser nadie”, el duende le contestó: “Todos te recordarán, para bien o para mal, serás el más famoso líder que ha tenido este lugar, ¿quieres dejarlo ahora?”. El ciudadano en ese momento entendió lo que el duendecillo quiso desde el inicio, y le dijo al oído: “Naciste el 4 de Julio”, el duende lo miró con ojos enormes, se empezó a retorcer en sus propios deseos, volviendo al día en el que el ciudadano caminaba tranquilo sin preocupaciones siendo un nadie, el duende le volvió a preguntar: “¿Quieres que te conceda unos deseos?”, el ciudadano respondió: “Ya vi tus planes, ahora haré lo que debí hacer desde el inicio…, vuélveme más poderoso que tú”.  

Uribelstinski enfermó ese día…

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