Todo tiempo pasado fue mejor

Autor: Mauricio Rusinque

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*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente del autor y no representan la línea editorial del portal web.

Esta frase que siempre dicen nuestros ancestros cada vez que algo no se puede hacer, ahora, en pandemia, se hace más cierta, “Éramos felices y no lo sabíamos”, dicen en las redes colocando imágenes de personas abrazados, caminando por la calle tomadas de las manos, comiendo empanada en el centro de Bogotá junto a todos los trabajadores que salían a hacer lo mismo, éramos felices y dejamos que todo eso se nos fuera.

Cuando era pequeño veía a mi padre como un súper héroe que llegaba a la casa con pollito frito porque le había ido bien en sus misiones, mamá y papá se veían felices siempre, el dinero nunca fue problema, según recuerdo, el iniciar una familia fue difícil, pero a medida que pasaban los años teníamos una casa propia que mi papá fue pagando poco a poco;  cuando logramos tener un techo sobre nuestras cabezas, la meta fue poder tener con que transportarnos sin necesidad de montar nuevamente en buseta, mi madre cargaba 4 niños, yo en brazos y los demás separados por un año cada uno ya caminando, pero íbamos por toda la buseta de un lado a otro buscando el mejor puesto para que cuando nos bajáramos estuviéramos cerca a la puerta trasera y que mi mamá no sufriera en el momento de llegar al paradero; no pasó mucho tiempo cuando mi papa llegó a la casa con su primer carro, llego a casa sin saber manejar, recordando lo que hacían sus amigos cuando ellos manejaban: “Meta esto, dele a la palanca de cambios, acelere” y así logró llegar a la casa, años después fue un Fitipaldi al volante. 

Siempre que llegaba el final del año mi padre había logrado ahorrar una plática para que fuéramos a San Andrés a pasar vacaciones como premio a todo el trabajo del colegio, o eso pensaba yo, íbamos por 4 o 5 días que para mí eran como meses en esa isla, comíamos pescado, íbamos al hoyo soplador, nos hospedábamos en un súper hotel llamado “Calipso”, teníamos todo;  mis hermanos, mi madre y mi padre siempre viajábamos juntos a conocer cada parte de San Andrés y providencia; fueron años que nunca se me van a olvidar. 

Llegaron los momentos de entrar a la universidad, uno por uno fuimos saliendo del colegio a la realidad de la vida, pero ahí estaba mi papá y mi mamá siempre ayudándonos, también había para el estudio profesional y fue más fácil así, debíamos comprometernos a pasar cada semestre para ser alguien en la vida, o así lo pensábamos nosotros, creo que mis padres solo pensaban en hacernos felices y que nada nos faltara.

Hoy, ya somos padres y esos años solo quedaron como recuerdos que posiblemente ya no vuelvan. Vamos a ver a mis padres cada vez que podemos y ahora son los héroes de nuestros hijos, mi padre es el papá Noel de muchos de sus nietos, mi madre es la mejor de las abuelas alcahueteando comidas, postres y juegos que a nosotros no nos dejaban ni hacer.  Ahora uno se sienta a pensar que en esa época era mi papá el que traía el dinero a la casa y siempre alcanzaba para todo, hasta ahorraban para pasarla bien, mi madre era ama de casa, pero era la que administraba, así que era un equipo perfecto.  

¿En qué momento todo cambió?, ¿en qué momento el dinero dejó de alcanzar? Uno tiene un solo hijo, trabaja mamá y papá y se quedan cortos cuando termina el mes, las empresas ya no pagan ni siquiera las ayudas para cuidarse, los descuentos que se dan para que uno intente legar a pensionarse son enormes frente a un sueldo que no alcanza para nada.  Mis abuelos se pensionaron y eso fue hace como 40 años, la lograron, pero ahora para pensionarse debe uno tener como 70 años y 1200 semanas cotizadas que es más que toda una vida para estar tranquilo en la vejez; eso se ve tan lejos que ya piensa uno en qué más hacer para durar un poco más para sus hijos. 

Todo tiempo pasado fue mejor y no lo sabíamos, ahora estamos en pandemia, las empresas están cerrando, el comercio se está acabando, el dinero alcanza cada vez menos y la esperanza en algunos momentos se pierde; hasta que ves una luz que dice que debemos seguir y no desistir, la luz de la familia, esa que viajó contigo a conocer un hoyo que sopla en la tierra, esa familia que te vio caer de la bicicleta con rueditas para sostenerte, la luz de esos hermanos que nunca te dejan solo, la luz de esos padres que se quedan en casa para que tú puedas disfrutarlos un poco más y que sigan siendo tus héroes, esa luz debemos cuidarla para que nuestros hijos puedan decir un día: “Todo tiempo pasado junto a mis padres fue el mejor”.

“Quédate en casa”, tu luz te lo agradecerá por siempre.

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