Fuera de lugar

Autora: Yakellys Arellano

Instagram: @kellysyll

*Las opiniones presentadas en esta columna son exclusivamente de la autora y no representan la línea editorial del portal web.

Nací en Cartagena, Colombia. Hace 18 años que llevo sintiendo el sol picante mientras camino por las calles de La Heroica, con el sudor recorriendo mi espalda y acumulándose en mis pestañas. Aunque a veces es molesto y a las 12 del día se vuelve sofocante, no puedo hacer más que quejarme y volver a mis tareas diarias. Si estoy dentro de mi casa espero que el abanico sea suficiente para aliviarme, pero llega el punto en que no da más y el aire refrescante se vuelve fogaje. 

No recuerdo la primera vez que probé una empanada o una arepa con huevo en la esquina de los fritos (que en Cartagena puede que haya un puesto cada 2 cuadras) pero sé que es una comida sagrada, una tradición que nunca dejaré ir. En mi mente tampoco hay memoria de la primera vez que compré un raspado de Kola con chicle para aliviar el calor, unos bolis de camino a casa después de un día en el colegio, solo sé que es parte de mí. Comprar una butifarra o un huevo con limón, una carimañola o un chuzo. Cuando las temperaturas alcanzaban los 33° y mi mamá ese día había hecho sopa para el almuerzo, me quejaba, ¿quién en su sana mente juntaba sopa con calor? Hasta ahora, todas las familias de la costa. Con el tiempo aprendí a amarlo, aunque mi mente rezongue cada vez que pasa. 

No crecí en un barrio estrato alto, ni en una casa lujosa. No puedo exagerar y ponerme en una situación de extrema pobreza, pero tampoco vengo de una familia super privilegiada. De hecho, ir al centro de la ciudad para mí era considerado un privilegio, solo íbamos unas pocas veces al año; vacaciones en junio y para fin de año. En los últimos días de diciembre y el primer día de enero, media Cartagena se encontraba allí disfrutando de las luces y una caminata por las famosas callecitas. Para mí, esos días eran las únicas ocasiones en que un lugar de tanto calibre se volvía de todos. El resto del tiempo, me sentía fuera de lugar en mi propia ciudad. 

Parece que sentirse ajeno es común cuando se pasa del Castillo de San Felipe, el aura cambia y de repente te sientes en una Cartagena totalmente distinta. Por construcción social, no es lo mismo ir a comer helado en La Castellana y sentarse en el borde de la fuente que ir al Bocagrande Plaza y sentarse en el balcón con las manos vacías, pero no importa, es Bocagrande. El “caché” es más notorio y muchos nos ponemos nuestra mejor pinta para no parecer fuera de lugar.

Crecí con la mentalidad de que el centro y sus alrededores eran una ciudad aparte, y que si quería estar allí no podía hacer lo mismo que hacía por mi barrio. Hasta que dije ¿por qué? ¿Quién dijo que esa parte de Cartagena no pertenece? ¿Por qué hay una división entre la Cartagena de los ricos y la Cartagena de los pobres? Allí fue cuando empecé a entender que la marginalización y la desigualdad en una de las ciudades más importantes del país eran el pan de cada día. 

Años de mala administración y de caos político han dejado a la ciudad en pedazos. Eso se traduce en pobreza extrema y se refleja en barrios populares, como las Faldas de la Popa, Albornoz, Ciénaga de La Virgen, entre otros barrios, en donde vive gran parte de los cartageneros (y vale la pena agregar que también es la gran parte de la población negra de la ciudad). Según un informe de Cartagena Como Vamos, la ciudad se encuentra entre las 3 ciudades más pobres del país, para 2016 el 26% de la población se encontraba en pobreza extrema y el 3% en indigencia. En una ciudad que es puerto marítimo y cuna de turismo, es frustrante ver como sus ciudadanos se ahogan en la pobreza. La mayoría de cartageneros no crecemos con privilegios, ser criados en una ciudad donde la desigualdad es tan obvia crea prejuicios internos. 

Se ha creado una imagen estándar, donde (en las noticias y para el mundo) Cartagena es playa, brisa, mar y diversión. Calles coloridas y un calor acogedor. Donde las murallas te hacen sentir seguro y las líneas de edificios en Bocagrande en adelante son imponentes. Los negocios más exclusivos los encuentras en esa zona sagrada y para poder divertirte allá es donde debes estar. Pero se margina a la población popular, la que tiene los trabajos informales, la que se levanta a las 3 de la mañana para cargar bultos de comida y llevarlos al mercado de Bazurto. Los mototaxistas, los conductores de buses y busetas e incluso los conductores de taxi, las peluqueras, los barberos, los vendedores ambulantes, los dueños de pequeños negocios que a duras penas dan de comer a sus familias y empleados, etc. A muchos les sorprende que en el centro haya indigentes en las calles, pero para el ciudadano común es otra faceta más. Y cuando hay eventos en la ciudad se esconde todo lo que pueda poner en duda la grandeza de la misma, todo para que Cartagena parezca una perla perfecta flotando alrededor del fango. 

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